1El texto y sus figuras
El tratado se titula en griego Perì automatopoiētikês, «Sobre la construcción de autómatas». Se ha conservado en manuscritos griegos; Schmidt lo editó en 1899 cotejando varios códices, entre ellos un Marciano de Venecia y copias de París y Leiden, y lo publicó con traducción alemana bajo el título Die Automatentheater Herons von Alexandria. Los manuscritos no lo dividen en libros: son dos partes seguidas, una para los autómatas que se desplazan y otra para los fijos.
El texto ha llegado con lagunas y algún pasaje alterado. Schmidt señala en sus notas varias frases que considera añadidas por copistas y otras que tiene que completar por conjetura. Por eso conviene leer con cautela los detalles más finos de cada mecanismo.
Las figuras de esta sección no son antiguas. Las dibujó para la edición H. Querfurth, inspector de maquinaria del teatro de la corte de Brunswick, a partir de la traducción alemana y de los dibujos de los manuscritos. Son, por tanto, la interpretación de un técnico de teatro de 1899: muy útiles para entender el texto, pero no la imagen que tenía Herón.
2Para qué sirven los autómatas
Herón abre el tratado justificando el tema. Los teatros de autómatas gustaban mucho a los antiguos por dos razones: por la habilidad que exigen y por el asombro que producen.
«La construcción de autómatas pone en juego, por decirlo en pocas palabras, cada una de las partes de la mecánica.»
Herón, Autómatas I (Schmidt, p. 339)Distingue dos clases. Los móviles son templetes o altares de tamaño moderado que avanzan solos hasta un punto, se detienen, hacen moverse a sus figuras «según el argumento» y vuelven a su sitio. Los fijos son un pequeño escenario sobre una columna, con puertas que se abren y cierran entre escena y escena. Dice que los fijos son «más seguros, menos expuestos a fallos» y admiten más variedad de efectos.
A quienes se dedicaban a estas obras los antiguos los llamaban taumaturgos, «hacedores de maravillas», por el asombro que causaban. Herón insiste en un consejo práctico: no copiar los números de los predecesores, porque con los mismos métodos se pueden montar siempre espectáculos nuevos, y el público premia la novedad.
Hay una advertencia muy reveladora sobre el tamaño. Las medidas del teatro de Dioniso, dice, son pequeñas a propósito: si se hiciera mayor, el público sospecharía «que alguien dentro produce los movimientos». El autómata tenía que ser lo bastante pequeño para que nadie pudiera esconderse en él.
3Materiales y precisión
Antes de describir ninguna máquina, Herón dedica un capítulo a las condiciones para que funcione. Es la parte más técnica y la más moderna del tratado:
- El suelo debe ser firme, horizontal y liso, para que las ruedas no se hundan, no se traben en una irregularidad ni retrocedan cuesta abajo. Si no lo es, se colocan tablas niveladas con raíles de listones clavados por los que ruedan las ruedas.
- La madera, ligera y seca. Todo lo que gira debe ser bien redondo y liso: ejes de hierro en bujes de hierro para las ruedas, ejes de bronce en casquillos de bronce para las figuras, y aceite para que nada se atasque.
- Las cuerdas no deben estirarse ni encogerse. Para conseguirlo se tensan varias veces entre clavijas, se dejan colgadas con un peso y se untan con cera y resina. Nada de tendón, porque «se dilata o se contrae según el estado del aire».
La preocupación por la cuerda no es un detalle: si el programa está en la longitud de la cuerda, una cuerda que cede desordena toda la secuencia. Herón llega a decir que, si al montar el autómata una cuerda se ha estirado más que las otras, hay que cortarla.
4El motor de grano
Todos los autómatas móviles se mueven «por una cuerda, o mejor dicho por un contrapeso de plomo». El contrapeso va dentro de una caja vertical que Herón llama syrinx, la misma palabra que «flauta» o «tubo». Descansa sobre un material que se escapa poco a poco por un agujero del fondo, y al bajar tira de todas las cuerdas.
El texto precisa el material: en los autómatas móviles se usa mijo o semilla de mostaza, «porque ambos son ligeros y resbaladizos»; en los fijos, arena seca. El grano hace de regulador: el peso no cae de golpe, sino a la velocidad a la que se vacía la caja.
Para ponerlo en marcha, el agujero tiene un pequeño tapón que el operador abre a escondidas. Y para que el carro no arranque justo al abrirlo, delatando la maniobra, la cuerda lleva al principio una pequeña holgura: el movimiento empieza solo cuando ya ha salido algo de grano.
«El impulso del movimiento lo da la tensión de la cuerda; el cese del movimiento, su liberación, cuando el ojal cae de la clavija.»
Autómatas II (Schmidt, p. 349)5La cuerda como programa
Aquí está el núcleo del tratado. Un solo contrapeso tira de varias cuerdas a la vez y a la misma velocidad, pero cada cuerda está enrollada en un eje distinto y produce un movimiento distinto. Herón explica tres reglas:
- Velocidad. Las cuerdas «se tiran todas igual de rápido, pero no producen movimientos igual de rápidos», porque unas se enrollan en ejes gruesos y otras en ejes finos.
- Orden. Las cuerdas de los mecanismos que deben actuar más tarde no pueden estar tensas desde el principio. Llevan tramos flojos, recogidos en madejas y pegados con cera en su sitio, que el contrapeso va soltando uno tras otro.
- Fin. Cada cuerda se sujeta al mecanismo con un ojal sobre una clavija. Cuando la cuerda se ha desenrollado del todo, el ojal cae y ese mecanismo queda libre.
Con eso se escribe la secuencia del carro. Para ir y volver, se enrolla la cuerda unas vueltas, se pasa por la clavija del eje y se sigue enrollando en sentido contrario: al acabar el primer tramo, el eje gira al revés. Para que se detenga entre la ida y la vuelta, se intercala una lazada floja pegada al eje. Y si se quiere que vaya y venga varias veces, «hacemos alternar más a menudo los sentidos del enrollado y hacemos los intervalos tan grandes como queramos».
Herón advierte también del error típico: atar una cuerda al mecanismo equivocado o enrollarla al revés lo desbarata todo. Es exactamente la clase de aviso que hoy pondríamos en un manual de programación.
6Recorridos: recta, círculo, rectángulo
Herón presume de mejorar a sus predecesores, que solo habían descrito la marcha en línea recta, «y además de forma trabajosa e insegura: rara vez tiene éxito quien sigue sus escritos». Él promete la recta, el círculo, el rectángulo y cualquier figura de lados rectos:
- La recta. Dos ruedas iguales en un eje con un tambor central donde se enrolla la cuerda, y una tercera rueda loca delante. Las llantas, dice, deben tener perfil lenticular.
- El círculo. Las ruedas se disponen como secciones de un cono, de modo que el carro gira alrededor de un punto fijo. Herón lo justifica con geometría: un cono que rueda sobre un plano describe un círculo alrededor de su vértice.
- El rectángulo. Un segundo juego de ruedas, orientado en la otra dirección. Un tornillo sin fin, movido también por una cuerda con sus tramos flojos, sube un juego y baja el otro en cada esquina, y el carro cambia de dirección.
- Recorridos largos. Si el grano no da para un trayecto largo, se intercala una reducción: un eje fino que mueve uno grueso, para que una vuelta del primero sea mucho camino del segundo.
7El teatro móvil de Dioniso
Herón describe una función completa, con las medidas en codos y palmos. La secuencia es:
- El carro avanza solo hasta un punto y se para.
- Se enciende el altar de delante: una lámpara oculta bajo una plaquita corredera prende las virutas cuando la cuerda retira la plaquita.
- Del tirso de Dioniso brota leche (o agua) y de su copa cae vino sobre la pantera.
- Caen guirnaldas sobre las cuatro pilastras: estaban plegadas en un hueco, con bolitas de plomo para que bajen rápido.
- Las bacantes giran danzando alrededor del templete y suenan tambores y címbalos.
- Cuando cesa el ruido, Dioniso y la Victoria se dan la vuelta; se enciende el otro altar, vuelve a brotar el vino y las bacantes danzan de nuevo.
- Al pararse por segunda vez, el carro regresa a su punto de partida.
Todo esto sale del mismo contrapeso. Cada efecto tiene su cuerda, con su ojal, su clavija y sus tramos flojos medidos para que actúe en su momento.
8El teatro fijo de Nauplio
La segunda parte empieza con una pequeña historia del género. Los teatros fijos antiguos, cuenta Herón, eran muy simples: se abría el escenario y aparecía una máscara pintada que movía los ojos; se cerraba y abría y se veían figuras; una tercera vez, otra escena. Solo tres movimientos: puertas, ojos y telones. Sus contemporáneos, en cambio, montaban argumentos interesantes con movimientos variados.
Para mostrarlo elige el drama de Nauplio, y aquí aparece una fuente: lo toma de Filón de Bizancio, cuyas instrucciones dice aprobar «porque están escritas con orden y método». Es una muestra temprana de honestidad técnica: cita al predecesor y señala dónde lo corrige.
- Los astilleros. Doce figuras en tres filas reparan las naves: unas sierran, otras desbastan con hacha, otras martillean, otras taladran con berbiquí, y producen «un ruido fuerte, como en la realidad».
- La botadura. Los aqueos arrastran las naves al mar.
- La travesía. Solo cielo y mar pintados; luego pasan las naves en fila y saltan los delfines. Poco a poco el mar se agita y las naves navegan apiñadas.
- La antorcha. Nauplio levanta su antorcha con Atenea a su lado, y sobre el escenario se enciende un fuego.
- El naufragio y el rayo. Se ve a Áyax nadando; Atenea se eleva en una grúa, suena el trueno, un rayo cae sobre Áyax y su figura desaparece.
9El sonido en los autómatas
Para esta web es el aspecto más interesante: Herón trata el sonido como un efecto más del programa, que se dispara en un momento preciso. En el tratado aparecen tres sonidos mecánicos:
- Tambores y címbalos de Dioniso. En la base hay un recipiente con bolitas de plomo y un agujero tapado con una compuerta. Cuando la cuerda la abre, las bolas caen sobre un pequeño tambor y rebotan sobre un címbalo. Si el recipiente tiene un tabique, hay dos cargas de bolas para los dos momentos en que suena la música.
- Los martillazos de los carpinteros. El brazo de cada figura cae por el peso de una pesa de plomo cada vez que una púa de la rueda suelta la palanca, y el golpe produce un ruido «como en la realidad».
- El trueno de Nauplio. Aquí Herón corrige a Filón: «había prometido que un rayo caería sobre Áyax y sonaría el trueno, pero no dejó nada escrito sobre ello; aunque consultamos muchos ejemplares, no encontramos la descripción». Él propone abrir en el momento justo un depósito de bolas de plomo que caigan sobre una piel seca y tensa, «como se hace en los teatros».
«También en los teatros, cuando hay que producir ese mismo ruido, se abren recipientes con cuerpos pesados, para que caigan sobre una piel seca y tensa como la de un tambor.»
Autómatas, parte de los fijos (Schmidt, p. 401)Ese comentario es valioso por sí mismo: documenta un efecto sonoro del teatro griego real, el antepasado de la «máquina de truenos» de los teatros barrocos y decimonónicos.
10Conclusiones
Leído con la historia de los instrumentos automáticos en mente, el tratado de Herón deja tres ideas que reaparecerán durante siglos:
- La secuencia almacenada en un soporte. La cuerda enrollada guarda el orden y la duración de los movimientos, igual que más tarde lo guardarán las púas del cilindro, el rollo perforado o el disco. Cambiar el enrollado es cambiar la obra sin tocar la máquina.
- Un solo motor, varias pistas. Un contrapeso mueve a la vez muchas cuerdas, y cada una es una «voz» que actúa en su momento. Es el mismo esquema del cilindro de un carillón, donde un eje mueve muchos martillos.
- El sonido como acontecimiento programado. Tambor, címbalo, martillo y trueno no son música compuesta, pero sí sonidos que suenan cuando el programa lo indica. Es el paso previo a la máquina que toca una melodía.
Con dos cautelas. El texto ha llegado incompleto y con interpolaciones, y las figuras son reconstrucciones de 1899. Y llamar «programable» a este sistema es una lectura moderna, aunque razonable: Herón no usa esa palabra, pero describe con claridad que el mismo mecanismo hace cosas distintas según cómo se prepare.
Las citas son traducciones al castellano de la versión alemana de Schmidt; las páginas remiten a su edición. Las figuras son de la misma edición (Leipzig, Teubner, 1899), reconstruidas por H. Querfurth. Dominio público.







